Jiao Lian y El Secreto Milenario del Coaching- Tu Minuto de Coaching

July 23, 2009

Cuando tomé conciencia de que iba a ser papá de Rosario empecé a pensar en todas las cosas que podríamos hacer juntos a medida que ella fuera creciendo y yo aprendiendo a ser su padre. Eran tantas las ideas que decidí armar una lista para asegurarme de acordármelas a todas. Andar a caballo, remontar barriletes, componer canciones o descubrir la luna; pero entre todas ellas hubo una que me cautivó poderosamente: plantar y cuidar un árbol.
Al principio pensé en plantarlo juntos, pero como para eso todavía faltarían algunos años decidí que podía plantarlo yo y, de esa manera, el árbol tendría casi la misma edad que ella. Como si se tratara de su hermano mellizo.
-¿Pero qué árbol? –me pregunté mientras agarraba las llaves de casa y salía en dirección al vivero de la otra cuadra.
-¡Un Ombú! –dije pensando en los buenos momentos que había pasado jugando entre las raíces gigantescas del que aún hoy sigue creciendo frente a la casa de mis padres. Pero, al llegar al vivero, me enteré de que no tenían Ombúes. O sí, pero no quería ni pensar en lo que me había contestado el empleado del lugar.
¿Un Ombú Bonsai? ¡Ni loco! Eso era exactamente lo opuesto al ser frondoso, de raíces inmensas y capaz de resistir todos los vientos, que yo había imaginado.

Volví a casa un poco desilusionado con mi intento fallido, y decidí ponerme a investigar sobre éstos árboles. Lo primero que me enteré fue que, técnicamente, el Ombú no es un árbol, porque los científicos lo han etiquetado como hierba. Reconozco que la clasificación me molestó un poco porque, si se trata de un pasto, hay que reconocerle que se ha ganado la reputación pública de árbol.
Los días que siguieron entré en todos los viveros que conocía y también en los que cruzaba por casualidad, pero ninguno tenía Ombúes. El tema quedó olvidado en el cajón de los intentos hasta que un día me dí cuenta de que Rosario ya estaba en su octavo mes y llegaría al mundo en cuestión de semanas. Si quería que tuviera a su árbol mellizo tenía que hacer algo y rápido.

Como no sabía por donde empezar decidí volver al vivero de mi zona para pedir que me indicaran dónde podía conseguir uno, aunque ya estaba empezando a pensar en comprar cualquier otra planta.
Me atendió el mismo empleado, dijo que no tenía idea de dónde podía encontrar mi Ombú y me dí cuenta de que no se acordaba de mí cuando volvió a ofrecerme un Bonsai. Me quedé en silencio, con la mirada perdida entre las plantas, deseando que me hubiera contestado alguna otra cosa.
-¿Lo puedo ayudar en algo más?- interrumpió él.
-Sí –contesté- ¿Qué cuidados necesita un Bonsai?– Todavía no sé por qué pregunté eso. La sola idea de los pobres arbolitos atrofiados a propósito me generaba rechazo.
-Hay que humedecerle la tierra cada vez que se seca, podarle las hojas nuevas e irle dando forma con este armazón –contestó señalando un Olmo que tenía hojas diminutas y escasas ramitas atrapadas entre alambres.
-Además –dijo tomando entre sus manos al que tenía el cartelito de Ombú y acomodándolo en una estantería más alta- una vez por año hay que podarle las raíces, pero eso es mejor que lo haga un especialista. De pronto imaginé al Ombú comprado por una señora que lo colocaba en una habitación oscura, sobre el televisor o como centro de mesa, a modo de adorno para cuando vinieran visitas. Pude sentir cómo sus intentos por crecer bajo una luz artificial eran interrumpidos sistemáticamente en cada nueva hoja y cómo, sin ninguna consideración, una vez por año removían la tierra para quitarle sus raíces.
-¿Y si no se podaran las raíces qué pasaría? –creo que pregunté en nombre del Ombú.
-Corre peligro de que se desarrolle –me contestó.
-¿Cuánto?
-Y… en unos años se puede hacer como de este tamaño –dijo señalándose la cintura.
-¿Nada más? –dije con desilusión.
-Y no, porque para eso está la maceta que le atrofia la raíz…
-¿Y si lo pongo en una maceta más grande? –volví a preguntar yo, que ya estaba sufriendo más que el arbolito.
-Entonces va a crecer más.
-¿Cuánto más?
-Eso depende del tamaño de la maceta –contestó.
-¿Y si lo trasplanto y lo coloco en un jardín o en el medio del campo?
-Ahí se le puede convertir en un árbol gigantesco.
-¿Seguro?
-Claro –dijo riéndose por mi sorpresa- la gente cree que los Bonsai son un tipo especial de árbol o que están genéticamente modificados para ser enanos, pero no es así.
-¿No? –pregunté entusiasmado con la posibilidad de rescatarlo de semejante destino.
-No. Cualquier árbol o arbusto puede ser convertido en un Bonsai si se lo coloca en una maceta suficientemente pequeña y, entre otras cosas, se lo poda con regularidad.
-Mire –le dije- me convenció. Lo voy llevar –un gesto de sorpresa casi imperceptible de su rostro me hizo reír pensando que el tipo se estaría preguntando de qué me había convencido y para qué compraba yo un Bonsai si lo que quería era un árbol enorme.
Cuando llegué a casa quité con cuidado los alambres, lo trasplanté a una maceta tres veces más grande con fertilizante, le mojé las hojas, y lo coloqué en el balcón de mi habitación.

Con el tiempo, Rosario, aprendió a regarlo y cuidarlo para que creciera fuerte y sano y cuando ambos cumplieron tres años decidimos pasar el Bonsai de la maceta al campo. A esa altura yo ya había aprendido que, en chino, Bonsai significa árbol en maceta y pensé que era hora de dejar de apodarlo Bonsai para que tuviera un nombre acorde con el árbol que bullía dentro de él. Creí que iba a ser sencillo, pero ningún nombre me convencía. Quizá porque quería uno que sintetizara todo lo que, ahora, ese Ombú significaba para mí.

Había ido con Rosario a visitarlo al campo y mientras disfrutaba viéndola limpiarle las ramas nuevas y jugar alrededor de las prometedoras raíces resultado de su transformación, pude sentir cómo ése Ombú me había inspirado a mirarlo siempre con ojos de posibilidad y a tratarlo en cada minuto como al árbol que yo sentía que él quería ser. Eso era exactamente lo mismo que otros maestros y coaches habían hecho en relación conmigo; lo que seguramente sus maestros hicieron con ellos y lo que probablemente hizo el primer maestro con el primer aprendiz de todos los tiempos: Ser posibilidad para que aparezca una nueva realidad. Es lo que también yo invito a empresarios y gerentes a hacer consigo mismos y con sus equipos.

Junto a ese árbol se había despertado lo mejor de mí, y entonces comprendí que él era Jiao Lian, que en chino quiere decir coach; y que para mí significa: jardinero de posibilidades; partero de realidades.

Tu Minuto de Coaching

Somos pura posibilidad, pero nunca podremos crecer más allá del espacio de relación que hayamos creado con otros y con nosotros. Por eso, en este minuto presente, te invito a preguntarte ¿Estoy dispuesto a triunfar pidiendo ayuda o sólo voy a sentir que tiene mérito si lo hago sólo? Y ¿Es posible hacer algo completamente sólo? Para nacer hemos necesitado que alguien apostara por nuestra posibilidad.
¿Cómo serían tu vida y tu empresa si fueras capaz de renacer y reinventarte cada día?

Guillermo Echevarría

www.decoaching.com

Seguir Tu Minuto de Coaching en Twitter

*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B

*[Tu Minuto de Coaching] es una marca registrada.

Soluciones de Coaching
Guillermo Echevarria  – Director
coach@guillermoechevarria.net
Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D –  Bs As. Argentina
Tel 00 54 11 4963 6980  –   Cel  0054911 4947 6182

+Soluciones
+Coaching Individual y Coaching de Equipos
+Seminarios Motivacionales
+Desarrollando Habilidades de Oratoria
+Desarrollando Habilidades de Liderazgo
+Desarrollando Habilidades de Negociación
+Desarrollando Habilidades de Coaching para Gerentes

Sumate a Tu Minuto de Coaching en Facebook

July 10, 2009

Súmate aquí a la página de Tu Minuto de Coahing en Facebook y recibe los últimos artículos, videos, nuevos seminarios y otras soluciones de Coaching.
Tus comentarios, reflexiones y experiencias personales enriquecen los Minutos de Coaching. Gracias por participar de este espacio de aprendizaje.

Guillermo Echevarría
Tu Minuto de Coaching – Adueñándote de Tu Potencial en el Minuto Presente on Facebook

Soluciones de Coaching
Guillermo Echevarria  – Director
coach@guillermoechevarria.net
Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D –  Bs As. Argentina
Tel 00 54 11 4963 6980  –   Cel  0054911 4947 6182

+Soluciones
+Coaching Individual y Coaching de Equipos
+Seminarios Motivacionales
+Desarrollando Habilidades de Oratoria
+Desarrollando Habilidades de Liderazgo
+Desarrollando Habilidades de Negociación
+Desarrollando Habilidades de Coaching para Gerentes

¿Cómo bailar con la más linda? – Tu Minuto de Coaching

July 9, 2009

Estaba en una escuela de negocios dando un taller de supervisión y coaching cuando se cortó la luz.

El lugar no tenía ventanas y la oscuridad se hizo total. En seguida se oyeron las expresiones de sorpresa de los presentes y voces que venían de salas contiguas a la nuestra, en las que se estaban dictando otros seminarios. Yo, que venía entrenándome en tomar los imprevistos como oportunidades, respiré profundo al tiempo que me preguntaba ¿qué oportunidad es esto para nosotros?

Y mientras esperaba que me llegara una respuesta mejor que la típica reacción de quejarnos o matar el tiempo hasta a que pasara el problema, pregunté al grupo si seguían allí y si estaban bien. Contestaron todos a la vez, un poco alterados por la situación. Estaba pidiéndoles que nos escucháramos cuando bajó la respuesta a mi pregunta: si el propósito de este encuentro es entrenar el liderazgo ¿por qué no convertir la oscuridad en una oportunidad para liderar superando las circunstancias?

Entonces, invité al grupo a continuar discutiendo el tema en el que estábamos antes del apagón.
Apenas terminé de decirlo se hizo un silencio total. Una de las participantes contestó que le parecía buena idea, pero el resto permanecía callado. Sentí que la oscuridad los desorientaba y me puse a conversar con toda naturalidad con la mujer que se había animado. En seguida se sumó la voz de un hombre que se identificó y entró en el diálogo. De a poco fueron apareciendo el resto de las voces. Luego de un rato, la conversación se había puesto súper movida y, a pesar de que éramos varios interlocutores, la comunicación fluía con toda claridad.

Nos encontrábamos navegando en ese intercambio de ideas, contagiados por la emoción de sentir que habíamos superando un obstáculo, cuando nos sorprendió el regreso de la luz. Supusimos que el desperfecto habría sido arreglado, pero ninguno decía nada. La experiencia de conversar a ciegas había sido impactante.

Siento que en este rato de oscuridad nos comunicamos como no lo habíamos hecho hasta ahora -dijo uno rompiendo el silencio. Yo también –agregó otro- el hecho de no poder verles las caras me llevó a estar mucho más atento a lo que cada uno decía y a cómo lo decía.

A mí, el asunto del ejercicio en la oscuridad, les reconozco que no me hizo demasiada gracia y al principio estaba bastante incómodo –le empezó a decir un gerente a la primera mujer que se había animado a hablar y que hasta ese momento casi no había participado del seminario -Pero entonces escuché tu voz tan segura y me puse a hablar como si los estuviera viendo.

Les confieso que escuché sus voces por primera vez- compartió otro. Fue un diálogo impecable. No nos superpusimos entre nosotros en ningún momento –dijo asombrada una de las participantes y remató: Voy a hacer este ejercicio con mi equipo.

Nos quedamos mirándonos por un momento como diciendo ¿y ahora qué hacemos?
Me disponía a continuar cuando una participante me interrumpió para hacer una propuesta que en otro contexto hubiera sonado un poco loca, pero que todos aceptamos de inmediato.
Fue la primera vez que terminé un encuentro a oscuras.

Nos despedimos hasta la semana siguiente, junté mis cosas, dejé la sala y ya estaba por cruzar la puerta de salida cuando me detuvo el portero: Casi se quedan encerrados hasta mañana- dijo- Como con el tema del apagón se suspendieron todos los demás cursos… ¿Se quedaron a oscuras?

Ya estaba dejando el edificio cuando se me acercó uno de los gerentes que se había quedado esperando para hacerme una pregunta en privado: si lo del apagón había sido planeado por mí como una dinámica del seminario. Me sorprendió completamente que me lo dijera, y tuve que confesarle que de alguna manera sí: mi plan había sido que todo, hasta lo inesperado, sumara a los objetivos del seminario.

Sus palabras me hicieron tomar conciencia de que esa noche habíamos danzado tan armoniosamente con lo imprevisto que se había convertido en la mujer más linda. Esa dama llamada oportunidad.

Tu Minuto de Coaching
Cuando suceda algún imprevisto que altere tus planes, te propongo que dediques un minuto a hacer una respiración profunda y preguntarte ¿Qué oportunidad podría ser esto para mi propósito original?, para que en lugar de reaccionar puedas elegir una respuesta que construya.

Guillermo Echevarría
*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B

*[Tu Minuto de Coaching] es una marca registrada.

Soluciones de Coaching
Guillermo Echevarria  – Director
coach@guillermoechevarria.net
Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D –  Bs As. Argentina
Tel 00 54 11 4963 6980  –   Cel  0054911 4947 6182

+Soluciones
+Coaching Individual y Coaching de Equipos
+Seminarios Motivacionales
+Desarrollando Habilidades de Oratoria
+Desarrollando Habilidades de Liderazgo
+Desarrollando Habilidades de Negociación
+Desarrollando Habilidades de Coaching para Gerentes

¿De qué lado se sube a un caballo? – Tu Minuto de Coaching

July 9, 2009

¿De qué lado se sube a un caballo? –me preguntó uno de los domadores.
Yo sentí que esa pregunta era un desafío porque me la hacía en medio de un fogón, rodeado de otros paisanos que parecían querer divertirse con este chico de la ciudad al que le gustaba andar por el campo.

Del lado izquierdo– contesté, dando la respuesta correcta para ellos – y acorde con la tradición. Pasé su examen, pero no pude pasar el mío cuando mi cabeza me preguntó: ¿y por qué se sube del lado izquierdo? Entonces, decidí preguntárselo a un amigo mío, hijo del domador del pueblo.
Es así– me dijo. Se quedó pensativo y agregó: Quizá se deba a que el caballo es más manso de ese lado…
Preguntémosle a tu padre– propuse.

Siempre se hizo así. Los caballos se suben por la izquierda– dijo casi a la defensiva el domador y espetó: ¿Qué quieren inventar? Hace veinte años que amanso caballos y el caballo sigue siendo el mismo. Y de todos modos… ¿qué cambia saber eso? –y prácticamente nos echó diciendo que no tenía tiempo para esa clase de conversaciones.

Tampoco me sentí completo con esa respuesta y otras similares que recibí. A primera vista daba la impresión de que todos sabían del tema, pero en definitiva sólo repetían lo que por años habían escuchado decir a otros. Parecía como si no pudieran decir simplemente no sé. Me llenaban de rápidas respuestas y evasivas, pero ninguno se animaba a hacerse mi incómoda pregunta –quizá por no arriesgarse a caminar en la incertidumbre que puede generar no tener una respuesta inmediata; esa incertidumbre que nos acompaña cuando nos atrevemos a dejar el camino conocido, y que suele preceder los nuevos descubrimientos.

Me negué a matar mi pregunta -y mi curiosidad- con alguna de esas respuestas históricas y seguí investigando.
Algunos años después, una tarde de verano – Don Jorge, mi maestro de doma en ese momento, me explicó que un caballo no se subía del lado izquierdo porque así debía ser, sino que tenía que ver con los usos y costumbres de los militares que colgaban el sable en la cintura -del lado izquierdo del cuerpo- para poder desenvainarlo más fácilmente con la mano derecha. Les resultaba mucho más cómodo montar el caballo por la izquierda ya que esto les permitía revolear la pierna derecha sobre el lomo sin que el sable les molestara.
Por fin comprendí por qué los humanos subíamos de ese bendito lado, pero ahora me faltaba entender por qué los caballos eran reacios a dejarse montar por el costado derecho.
Continué preguntando. Así llegué a saber que los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro del caballo no están conectados entre sí y a esta particularidad se debe que cuando un caballo ha sido entrenado para ser subido por el lado izquierdo, dé patadas, se muestre receloso o no se deje montar por el derecho. Es que lo que el caballo aprende de un lado no lo aprende del otro. Increíble, ¿no?

Estos aprendizajes cambiaron mi manera de mirar los caballos que entrenaba. Ahora veía dos animales en cada caballo. El izquierdo y el derecho. Entonces, si le enseñaba a levantar la mano izquierda durante media hora, luego tenía que dedicar otra media a enseñarle lo mismo del lado derecho.
Comencé a entender que los caballos no tenían un lado izquierdo bueno y otro derecho, oscuro y malvado. Que no eran arbitrariamente mansos y simpáticos con el que se acercara por la izquierda y recelosos o con pésimo carácter por la derecha. Entonces , dejé de pretender que supieran hacer algo de un lado si sólo se los había enseñado del otro y se me ocurrió amansar a los nuevos potrillos de manera que pudieran ser montados por ambos lados.

Básicamente, al comprender mejor su mundo y el por qué de muchísimas de sus reacciones descubrí que podía lograr un animal mucho más dócil y manso. ¡Pensar que durante años yo había tomado la creencia se monta por la izquierda como una verdad irrefutable!
Con el entusiasmo de haber encontrado algo revelador y que funcionaba en la práctica, decidí compartir estos secretos con otros domadores.

Grande fue mi asombro al comprobar que ninguno de ellos era capaz de considerarlos, ni tan sólo, para probar si funcionaban. Daba la sensación de que preferían quedarse en la comodidad de lo que conocían, perdiéndose de descubrir otro caballo y una manera más completa de amansar.

Estas son algunas de las respuestas con las que me encontré:
-¿Qué sabe ese Don Jorge? ¿A mi me va a decir lo que es un caballo? (y menos todavía iba a permitir que un aprendiz como yo le enseñara algo).
-No puede ser –decían otros- ¿De dónde sacaste esas ideas?
Uno remató diciendo: Yo conozco a muchos domadores de caballos y nunca mencionaron algo parecido.

Sin embargo no todos fueron oídos sordos. Solía pasar por el campo vendiendo ollas y otras piezas de cobre, un hombre al que en la zona llamaban el gitano.
A veces, bajaba de su caballo, desplegaba toda la mercadería sobre un pañuelo gigante y se ponía a conversar. Habíamos trabado una cierta amistad y decidí contarle el secreto. Me acuerdo que me escuchó con atención y se fue pensativo. Tiempo después volvió para mostrarme como había convertido aquel secreto en lo que el llamaba su alarma antirrobo. A fin de evitar que le quitaran el caballo cuando lo dejaba atado para entrar a un comercio en el pueblo, lo había re-entrenado acariciándolo y amansándolo para que se dejara motar por el lado derecho, mientras que por el lado izquierdo solía asustarlo y hacerle todo tipo de ruidos molestos con las cacerolas. Así, cuando alguien intentaba llevarse el animal acercándose por el lado supuestamente correcto, el caballo –atemorizado- se defendía pateando y mordiendo.

Tu Minuto de Coaching

Cada vez que quieras descubrir nuevos caminos y lograr resultados extraordinarios en un área de tu vida, te invito a que te detengas un momento y antes de empezar a hacer las cosas de la forma en la que siempre las haz hecho, dedica un minuto a desafiar la manera correcta de hacerlo preguntándote: ¿Quién dijo que tiene que ser o hacerse sólo de esta manera?
Las personas que llegaron antes que nosotros y nosotros mismos hasta el día de hoy, seguramente hemos hecho las cosas lo mejor que pudimos, pero no necesariamente lo mejor posible. De hecho, las generaciones futuras van a disfrutar de los aportes que nosotros seamos capaces de hacer a partir de desafiar y enriquecer las miradas tradicionales que ya no sean funcionales. La insolencia, de la mano del respeto por el otro, es la madre de muchos descubrimientos y nos invita a recorrer nuestro propio sendero de investigación y aprendizaje. El Coaching Ontológico promueve el ejercicio de una sana insolencia hacia las reglas del “sentido común” que viven dentro de nosotros mismos quedado aún cuando puedan haber quedado obsoletas.

Guillermo Echevarría
*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B
*Tu Minuto de Coaching es una marca registrada.

Soluciones de Coaching
Guillermo Echevarria  – Director
coach@guillermoechevarria.net
Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D –  Bs As. Argentina
Tel 00 54 11 4963 6980  –   Cel  0054911 4947 6182

+Soluciones
+Coaching Individual y Coaching de Equipos
+Seminarios Motivacionales
+Desarrollando Habilidades de Oratoria
+Desarrollando Habilidades de Liderazgo
+Desarrollando Habilidades de Negociación
+Desarrollando Habilidades de Coaching para Gerentes