NEGOCIACIÓN CREATIVA | 20 y 21 de junio | Paraguay | Coach Guillermo Echevarria

mayo 19, 2014

Afiche programa coaching LQ pliego2-01

Coach Guillermo Echevarría

Autor del libro Cómo Hacer que las Cosas Pasen

“El problema de viajar o mudarse es que, no importa a dónde vayamos, vamos con nosotros. Por eso, la manera más barata de cambiar no es mudarse, sino mudar nuestra manera de ver la vida.” | del libro Cómo Hacer que las Cosas Pasen

marzo 12, 2014

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Girasol Coaching

Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen en Paraguay

septiembre 2, 2013

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Descarga Gratis 2 Capítulos de mi libro Como Hacer Que Las Cosas Pasen

abril 29, 2013

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Con prólogo del sobreviviente de la tragedia de los andes, Gustavo Zerbino, y palabras de Sergio Cachito Vigil, ex-entrenador de Las Leonas, ya fué lanzada la segunda edición en seis meses!
En diez años muy probablemente sientas que éste era un excelente momento para empezar a cambiar. Este es un libro para personas que quieren que empiece a pasar algo diferente en su vida.
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Está a la venta en todas las librerías de Argentina y también es posible encargarlo a través de la web y recibirlo en unos pocos días en tu domicilio.
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Que empieces tu semana con todo!
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Un abrazo,
Guillermo Echevarria
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Soluciones de Coaching Guillermo Echevarria – Director coach@guillermoechevarria.net Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D – Bs As. Argentina Tel 00 54 11 4963 6980 – Cel 0054911 4947 6182 +Soluciones +Coaching Individual y Coaching de Equipos +Seminarios Motivacionales +Desarrollando Habilidades de Oratoria +Desarrollando Habilidades de Liderazgo +Desarrollando Habilidades de Negociación +Desarrollando Habilidades de Coaching para Gerentes

[Como Hacer Que Las Cosas Pasen] [Ediciones b] [Guillermo Echevarria]

Como Hacer Que Las Cosas Pasen?

agosto 31, 2012

En diez años muy probablemente sientas que éste era un excelente momento para empezar a cambiar.

Este es un libro para personas que quieren que empiece a pasar algo diferente en su vida. No importa a qué te dediques, qué edad, ni qué formación tengas. Para hacer que las cosas pasen es clave que te entrenes para ser capaz de superar estos desafíos:

· Tratar con personas difíciles
· Decir cosas incómodas de manera constructiva
· Superar el auto-boicot y la postergación
· Convertir imprevistos en oportunidades
· Cambiar más rápido y con menos estrés
· Inspirarte para dar tu mejor versión

· Rehacer tu vida y construir un futuro que te apasione

· Crecer profesionalmente cuando no reconocen tu valor

En estas páginas vas a encontrar historias inspiradoras, ejercicios, herramientas y semillas de actitud que pueden generarte unas ganas arrolladoras de hacer que las cosas pasen en tu vida. Ojalá te animes al desafío.

¿El que no arriesga no gana?

El que no arriesga no vive.

Guillermo Echevarría es Lic. en Comercialización  y Coach Ontológico con quince años de experiencia en Coaching personal y de equipos en el arte de hacer que las cosas pasen. Ha trabajado con individuos y empresas en varios países de América y Europa. Sus videos motivacionales, en los que utiliza canciones propias, han superado ampliamente el millón de vistas en Youtube, lo difundieron internacionalmente y le valieron haber sido nombrado Embajador de Paz.

Cómo Hacer que las Cosas Pasen está a la venta en las principales librerías de Argentina y para el resto del mundo hispano en http://www.tematika.com/libros/autoayuda–5/superacion_personal–5/como_hacer_que_las_cosas_pasen–554901.htm

 

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Guillermo Echevarria – Director
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[Como Hacer Que Las Cosas Pasen] [Ediciones b] [Guillermo Echevarria]

UNA BANDERA DE LA PAZ PARA LOS “VIDEOS Y HERRAMIENTAS QUE INSPIRAN GRANDEZA”

junio 9, 2011

Quiero contarles que recientemente, me entregaron la Bandera de la Paz en reconocimiento a los “Videos y herramientas de liderazgo que inspiran grandeza” que fuí compartiendo en internet.

Estoy muy agradecido porque, desde el momento en que me postularon para recibirla, la bandera se convirtió en un faro que guía mis pensamientos y acciones recordándome que puedo llevar paz a cada minuto de mi vida.

La entrega de las banderas de la paz estuvo a cargo de Inés Palomeque presidente de la organización Mil Milenios por la Paz ( http://www.milmilenios.org.ar/ ) y Nancy Ducuing, presidente en la Fundación Paz Ecología y Arte durante el acto de “Afirmación del día Universal de la Cultura bajo la Bandera de la Paz” que se realizó ayer en el Salón Libertador de la Cancillería Argentina.

Se encontraba presente en el mismo acto, el premio Nóbel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel y se entregaron banderas a 24 emprendedores sociales, políticos, representantes de ONGs y artistas como Olga Zubarry, que a través de su trabajo han demostrado un compromiso concreto con la construcción de una cultura de paz.

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Guillermo Echevarria  – Director
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¿Cómo tratar con personas difíciles? – Tu Minuto de Coaching

enero 12, 2010

Cecilia y yo subíamos cansados y sin ningún apuro por las callejuelas del Sacromonte buscando un lugar donde comer unas tapas y tomarnos un vinito. El barrio gitano de Granada se bebía uno por uno los rayos anaranjados y ocres del sol. Bastante más arriba encontramos un bar con balcones como ojos, subimos sus escaleras y echamos una mirada. La Alhambra se había convertido en una acuarela. Elegimos una mesa junto a uno de los balcones, hojeamos la carta y nos pusimos a conversar esperando a que nos atendieran.

Junto con José, que había preferido pasar primero por el hotel y alcanzarnos después, acabábamos de salir de un fin de semana intensivo de crecimiento personal donde habíamos tenido que atravesar nuestros miedos para poder caminar a pie descalzo sobre un manto de brasas incandescentes. No, no habíamos perdido la conciencia. Teníamos presente el poder del fuego en cada paso. Era el mismo fuego con el que todos nos habíamos quemado alguna vez y las advertencias de la mente en forma de miedo no nos abandonaban mientras caminábamos, pero nos relacionábamos con el miedo de una manera que no nos limitaba. Nos acompañaba, sí, pero no nos manejaba. Comprendí que, más allá de lo que pase a mi alrededor, yo soy el traductor de la realidad que me rodea. Y que al llamar desafío o aventura a una situación, en lugar de peligro o riesgo, soy co-creador de mis experiencias. Tomé conciencia de que, como traductor, me había vuelto adicto a sentir y re-sentir algunas emociones y experiencias desagradables del pasado. Tal vez porque pensaba que si otros, o incluso yo mismo, me trataban de esa manera era porque lo merecía y entonces –quizá para sentirme en casa- buscaba recrearlas en mi vida una y otra vez.
Las había convertido en parte de mi identidad. Así, descubrí que había estado repitiendo situaciones como la de hacer cosas para llamar la atención en lugar de enfocar mi atención en crecer como persona; o que más de una vez había generado incendios en las relaciones, para luego poder apagarlos.
El taller había terminado y estábamos sanos y salvos, pero rendidos; y lo único que anhelábamos era disfrutar lo que quedaba de la tarde mirando la Alhambra desde las alturas del Sacromonte. Sentado allí, creí que, por unas horas, el aprendizaje me daría un descanso, pero me tenía reservada otra sorpresa.
Habían pasado ya diez minutos desde que dejáramos caer nuestros cuerpos sobre las sillas cuando Cecilia protestó:
-¿Es posible que esta camarera haga todo sin levantar la cabeza?
-¡Cuidado! Quizá mató a alguien y se está escondiendo de la policía- bromeé yo.
-No es mala idea.-¿Qué cosa? –pregunté.
-Lo de denunciarla por matar de hambre a sus clientes.
-Bueno, quizá tiene tanta experiencia en el oficio que se dio cuenta de que no queríamos tomar nada…
-¡Ah, no! –se enojó Cecilia- Siéntate a descansar en una de estas mesas sin un duro y verás cómo instantáneamente vienen a echarte.
Por fin nos vio y con un movimiento de su cabeza indicó que enseguida nos atendería. Para ese momento, en nuestra mesa ya estábamos navegando en la conversación: “Qué mal que te atienden en los bares”.
En eso llegó nuestra anfitriona y confirmamos que como moza era pésima, pero que su carácter era peor. Yo, que al principio me reía de la situación, ya estaba sintiéndome ofendido por su actitud, así que, sin levantar la mirada, pedí dos copas de vino tinto y una cerveza para José que llegaría en cualquier momento. Por su falta de acento granaíno, con Cecilia concluimos que la chica no era del lugar y por la mala atención, que era nueva –o demasiado vieja y arrutinada- en el oficio.
Mirando por el balcón ví a José que venía trepando la calle y le hice señas para que subiera. Estaba recién bañado y se lo veía contento. Se sentó junto a Cecilia y ya lo estábamos por poner al tanto de la situación cuando la camarera apareció con el pedido. Realmente tenía el don de la inoportunidad. Apoyó la caña de cerveza y comenzó a descorchar el vino con un silencio que nos ignoraba. Evidentemente no habíamos tenido la suerte de conocerla en su momento anual de simpatía. Me sirvió un poco de vino para que lo catara y ya se estaba marchando cuando José le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
No sé si fue lo inesperado de la pregunta, pero ella lo miró con cara de susto. Entonces José lo intentó por segunda vez:
-Hola, ¿Cómo te llamas?
Con Cecilia miramos para otro lado anticipando una masacre.
-¿Yo? –preguntó ella.
-Sí –contestó José con una sonrisa.
-…Malena –dijo, al tiempo que parecía despertar.
Entonces José preguntó si tenían tortilla de sesos. Nosotros, pensando que era una broma, nos empezamos a reír, pero ella corrigió:
-Claro, que tenemos “tortilla de sesos”, como Usted dice, pero aquí la llamamos Sacromonte.
Al cabo de un rato la moza apareció con nuestra tortilla de cerebro.
-¿Te puedo hacer una pregunta? –volvió a disparar José en dirección a la moza.
-Sí –dijo ella manteniéndose a distancia con la mirada.
-¿Sueñas despierta?
Ella no contestó y miró en silencio en dirección de las últimas pinceladas de sol que entraban por el balcón. Yo me dije: Ahora lo decapita con la bandeja. Pero ante mi asombro se sonrió y dijo:
-Siempre.
Qué linda sonrisa, pensé. ¿Dónde la guardaba?
-¿Y se puede saber con qué sueñas? –preguntó José, con la calma y el sigilo de un encantador de serpientes.
-Siempre quise ser bailaora de flamenco –dijo la camarera de la que yo no había registrado el nombre. ¿Era posible que no fuera tan venenosa como yo pensaba?
-¿Y por eso te has venido al barrio gitano de Granada, eh? –adivinó José.
-Sí, estoy estudiando con el maestro Mario Maya- contestó ella con un entusiasmo que la convertía en ángel.
-¿Naciste aquí? –se interesó José.
-No. Nací en Madrid, pero siento que soy de aquí.
-Te felicito por seguir tus sueños, Malena. ¿Sabes?, mi padre pertenece a una peña flamenca. Si alguna vez pasas por Córdoba –continuó diciendo José, mientras le acercaba una tarjeta- no dudes en llamarme. Estaremos encantados de que vengas a compartir el cante y un perol con nosotros.A
lgunas porciones de tortilla más tarde, y aprovechando que había pocos clientes, Malena nos contó anécdotas del barrio gitano y nos invitó a probar las aceitunas de la casa que resultaron ser deliciosas. Cecilia también se había sumado a la conversación, pero yo no. Me sentía realmente incómodo. Tironeado por dentro. Ofendido por la primera camarera, pero encantado con Malena. Entonces, mientras los demás seguían conversando, me di cuenta de que había ido a ese bar a pasar un buen rato y no a ofenderme. Necesito resetearme –me dije y decidí ir al baño a lavarme la cara.
Cuando volví, Malena, mucho más entrada en confianza, estaba contando que hacía rato deseaba poder dejar el trabajo de camarera para dedicarse por completo a bailar. Ahí fue cuando a José se le ocurrió pedirle que nos bailara algo aprovechando el tablao que había a unas pocas mesas de nosotros. El dueño del lugar dijo que sí y Malena empezó a moverse al ritmo de nuestras palmas. Qué bonita era. Juro que cuando bailaba se podía ver el aire que, como un hipnotizado, seguía sus manos, se dejaba acariciar, se escondía en cada giro de su cintura y volvía a brotar de sus palmas otra vez. Tuve que perdonarla y perdonarme a mí mismo por haber sido tan ciego de no verla. En otras dos mesas también se pusieron a aplaudir. José pasó a bailar con ella. Luego Cecilia y finalmente yo también me animé. En seguida llegó un grupo de turistas curiosos que entraron a ver el espectáculo casero y a tomar algo. Cada vez más gente aplaudía y cantaba desde sus mesas. Al cabo de un rato en el restaurante no cabía un alfiler. Cuando el horario de trabajo de Malena terminó la invitamos a sentarse con nosotros. El dueño se acercó a nuestra mesa y la felicitó. Mientras Malena se iba ruborizando cada vez más, el hombre nos contó que nunca la había visto bailar. Luego, nos enteramos de que para ella el bar era sólo un trabajo y que por eso había sentido que no era el lugar para compartir su sueño. Entonces el dueño le preguntó si ella estaría dispuesta a repetir al día siguiente ese momento espontáneo donde hasta los turistas se subían al tablao a improvisar el baile flamenco. Malena estaba feliz.
Esa tarde el vino tuvo un sabor único. José nos había recordado que la diferencia entre una vida ordinaria y una extraordinaria es ese extra que sólo nosotros podemos poner y que es capaz de transformar hasta el peor de los venenos en el mejor vino.

Tu Minuto de Coaching
Cuando interpretes que alguien te está atacando u ofendiendo te invito a dedicar algunos segundos a respirar y preguntarte ¿Para qué vine hasta aquí? ¿Qué experiencia quiero vivir? En lugar de reaccionar y defenderte, toma una acción que construya positivamente eso que quieres experimentar.
Recuerda: Las personas más difíciles de tratar son las que siempre ven a alguien difícil en las demás personas. Cuidado con convertir automáticamente al otro en alguien difícil. Sólo se puede pelear de a dos. No te conviertas en alguien con quien es difícil tratar. Mejor enfócate en construir y ¡Vamos a ver quien contagia a quien!

Guillermo Echevarría
*Éste artículo forma parte de mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] - Ediciones B

*[Tu Minuto de Coaching] es una marca registrada.

Soluciones de Coaching
Guillermo Echevarria  – Director
coach@guillermoechevarria.net
Av. Pueyrredón 1005 6° Of. D -  Bs As. Argentina
Tel 00 54 11 4963 6980  -   Cel  0054911 4947 6182

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Jiao Lian y El Secreto Milenario del Coaching- Tu Minuto de Coaching

julio 23, 2009

Cuando tomé conciencia de que iba a ser papá de Rosario empecé a pensar en todas las cosas que podríamos hacer juntos a medida que ella fuera creciendo y yo aprendiendo a ser su padre. Eran tantas las ideas que decidí armar una lista para asegurarme de acordármelas a todas. Andar a caballo, remontar barriletes, componer canciones o descubrir la luna; pero entre todas ellas hubo una que me cautivó poderosamente: plantar y cuidar un árbol.
Al principio pensé en plantarlo juntos, pero como para eso todavía faltarían algunos años decidí que podía plantarlo yo y, de esa manera, el árbol tendría casi la misma edad que ella. Como si se tratara de su hermano mellizo.
-¿Pero qué árbol? –me pregunté mientras agarraba las llaves de casa y salía en dirección al vivero de la otra cuadra.
-¡Un Ombú! –dije pensando en los buenos momentos que había pasado jugando entre las raíces gigantescas del que aún hoy sigue creciendo frente a la casa de mis padres. Pero, al llegar al vivero, me enteré de que no tenían Ombúes. O sí, pero no quería ni pensar en lo que me había contestado el empleado del lugar.
¿Un Ombú Bonsai? ¡Ni loco! Eso era exactamente lo opuesto al ser frondoso, de raíces inmensas y capaz de resistir todos los vientos, que yo había imaginado.

Volví a casa un poco desilusionado con mi intento fallido, y decidí ponerme a investigar sobre éstos árboles. Lo primero que me enteré fue que, técnicamente, el Ombú no es un árbol, porque los científicos lo han etiquetado como hierba. Reconozco que la clasificación me molestó un poco porque, si se trata de un pasto, hay que reconocerle que se ha ganado la reputación pública de árbol.
Los días que siguieron entré en todos los viveros que conocía y también en los que cruzaba por casualidad, pero ninguno tenía Ombúes. El tema quedó olvidado en el cajón de los intentos hasta que un día me dí cuenta de que Rosario ya estaba en su octavo mes y llegaría al mundo en cuestión de semanas. Si quería que tuviera a su árbol mellizo tenía que hacer algo y rápido.

Como no sabía por donde empezar decidí volver al vivero de mi zona para pedir que me indicaran dónde podía conseguir uno, aunque ya estaba empezando a pensar en comprar cualquier otra planta.
Me atendió el mismo empleado, dijo que no tenía idea de dónde podía encontrar mi Ombú y me dí cuenta de que no se acordaba de mí cuando volvió a ofrecerme un Bonsai. Me quedé en silencio, con la mirada perdida entre las plantas, deseando que me hubiera contestado alguna otra cosa.
-¿Lo puedo ayudar en algo más?- interrumpió él.
-Sí –contesté- ¿Qué cuidados necesita un Bonsai?- Todavía no sé por qué pregunté eso. La sola idea de los pobres arbolitos atrofiados a propósito me generaba rechazo.
-Hay que humedecerle la tierra cada vez que se seca, podarle las hojas nuevas e irle dando forma con este armazón –contestó señalando un Olmo que tenía hojas diminutas y escasas ramitas atrapadas entre alambres.
-Además –dijo tomando entre sus manos al que tenía el cartelito de Ombú y acomodándolo en una estantería más alta- una vez por año hay que podarle las raíces, pero eso es mejor que lo haga un especialista. De pronto imaginé al Ombú comprado por una señora que lo colocaba en una habitación oscura, sobre el televisor o como centro de mesa, a modo de adorno para cuando vinieran visitas. Pude sentir cómo sus intentos por crecer bajo una luz artificial eran interrumpidos sistemáticamente en cada nueva hoja y cómo, sin ninguna consideración, una vez por año removían la tierra para quitarle sus raíces.
-¿Y si no se podaran las raíces qué pasaría? –creo que pregunté en nombre del Ombú.
-Corre peligro de que se desarrolle –me contestó.
-¿Cuánto?
-Y… en unos años se puede hacer como de este tamaño –dijo señalándose la cintura.
-¿Nada más? –dije con desilusión.
-Y no, porque para eso está la maceta que le atrofia la raíz…
-¿Y si lo pongo en una maceta más grande? –volví a preguntar yo, que ya estaba sufriendo más que el arbolito.
-Entonces va a crecer más.
-¿Cuánto más?
-Eso depende del tamaño de la maceta –contestó.
-¿Y si lo trasplanto y lo coloco en un jardín o en el medio del campo?
-Ahí se le puede convertir en un árbol gigantesco.
-¿Seguro?
-Claro –dijo riéndose por mi sorpresa- la gente cree que los Bonsai son un tipo especial de árbol o que están genéticamente modificados para ser enanos, pero no es así.
-¿No? –pregunté entusiasmado con la posibilidad de rescatarlo de semejante destino.
-No. Cualquier árbol o arbusto puede ser convertido en un Bonsai si se lo coloca en una maceta suficientemente pequeña y, entre otras cosas, se lo poda con regularidad.
-Mire –le dije- me convenció. Lo voy llevar –un gesto de sorpresa casi imperceptible de su rostro me hizo reír pensando que el tipo se estaría preguntando de qué me había convencido y para qué compraba yo un Bonsai si lo que quería era un árbol enorme.
Cuando llegué a casa quité con cuidado los alambres, lo trasplanté a una maceta tres veces más grande con fertilizante, le mojé las hojas, y lo coloqué en el balcón de mi habitación.

Con el tiempo, Rosario, aprendió a regarlo y cuidarlo para que creciera fuerte y sano y cuando ambos cumplieron tres años decidimos pasar el Bonsai de la maceta al campo. A esa altura yo ya había aprendido que, en chino, Bonsai significa árbol en maceta y pensé que era hora de dejar de apodarlo Bonsai para que tuviera un nombre acorde con el árbol que bullía dentro de él. Creí que iba a ser sencillo, pero ningún nombre me convencía. Quizá porque quería uno que sintetizara todo lo que, ahora, ese Ombú significaba para mí.

Había ido con Rosario a visitarlo al campo y mientras disfrutaba viéndola limpiarle las ramas nuevas y jugar alrededor de las prometedoras raíces resultado de su transformación, pude sentir cómo ése Ombú me había inspirado a mirarlo siempre con ojos de posibilidad y a tratarlo en cada minuto como al árbol que yo sentía que él quería ser. Eso era exactamente lo mismo que otros maestros y coaches habían hecho en relación conmigo; lo que seguramente sus maestros hicieron con ellos y lo que probablemente hizo el primer maestro con el primer aprendiz de todos los tiempos: Ser posibilidad para que aparezca una nueva realidad. Es lo que también yo invito a empresarios y gerentes a hacer consigo mismos y con sus equipos.

Junto a ese árbol se había despertado lo mejor de mí, y entonces comprendí que él era Jiao Lian, que en chino quiere decir coach; y que para mí significa: jardinero de posibilidades; partero de realidades.

Tu Minuto de Coaching

Somos pura posibilidad, pero nunca podremos crecer más allá del espacio de relación que hayamos creado con otros y con nosotros. Por eso, en este minuto presente, te invito a preguntarte ¿Estoy dispuesto a triunfar pidiendo ayuda o sólo voy a sentir que tiene mérito si lo hago sólo? Y ¿Es posible hacer algo completamente sólo? Para nacer hemos necesitado que alguien apostara por nuestra posibilidad.
¿Cómo serían tu vida y tu empresa si fueras capaz de renacer y reinventarte cada día?

Guillermo Echevarría

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*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B

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¿Cómo bailar con la más linda? – Tu Minuto de Coaching

julio 9, 2009

Estaba en una escuela de negocios dando un taller de supervisión y coaching cuando se cortó la luz.

El lugar no tenía ventanas y la oscuridad se hizo total. En seguida se oyeron las expresiones de sorpresa de los presentes y voces que venían de salas contiguas a la nuestra, en las que se estaban dictando otros seminarios. Yo, que venía entrenándome en tomar los imprevistos como oportunidades, respiré profundo al tiempo que me preguntaba ¿qué oportunidad es esto para nosotros?

Y mientras esperaba que me llegara una respuesta mejor que la típica reacción de quejarnos o matar el tiempo hasta a que pasara el problema, pregunté al grupo si seguían allí y si estaban bien. Contestaron todos a la vez, un poco alterados por la situación. Estaba pidiéndoles que nos escucháramos cuando bajó la respuesta a mi pregunta: si el propósito de este encuentro es entrenar el liderazgo ¿por qué no convertir la oscuridad en una oportunidad para liderar superando las circunstancias?

Entonces, invité al grupo a continuar discutiendo el tema en el que estábamos antes del apagón.
Apenas terminé de decirlo se hizo un silencio total. Una de las participantes contestó que le parecía buena idea, pero el resto permanecía callado. Sentí que la oscuridad los desorientaba y me puse a conversar con toda naturalidad con la mujer que se había animado. En seguida se sumó la voz de un hombre que se identificó y entró en el diálogo. De a poco fueron apareciendo el resto de las voces. Luego de un rato, la conversación se había puesto súper movida y, a pesar de que éramos varios interlocutores, la comunicación fluía con toda claridad.

Nos encontrábamos navegando en ese intercambio de ideas, contagiados por la emoción de sentir que habíamos superando un obstáculo, cuando nos sorprendió el regreso de la luz. Supusimos que el desperfecto habría sido arreglado, pero ninguno decía nada. La experiencia de conversar a ciegas había sido impactante.

Siento que en este rato de oscuridad nos comunicamos como no lo habíamos hecho hasta ahora -dijo uno rompiendo el silencio. Yo también –agregó otro- el hecho de no poder verles las caras me llevó a estar mucho más atento a lo que cada uno decía y a cómo lo decía.

A mí, el asunto del ejercicio en la oscuridad, les reconozco que no me hizo demasiada gracia y al principio estaba bastante incómodo –le empezó a decir un gerente a la primera mujer que se había animado a hablar y que hasta ese momento casi no había participado del seminario -Pero entonces escuché tu voz tan segura y me puse a hablar como si los estuviera viendo.

Les confieso que escuché sus voces por primera vez- compartió otro. Fue un diálogo impecable. No nos superpusimos entre nosotros en ningún momento –dijo asombrada una de las participantes y remató: Voy a hacer este ejercicio con mi equipo.

Nos quedamos mirándonos por un momento como diciendo ¿y ahora qué hacemos?
Me disponía a continuar cuando una participante me interrumpió para hacer una propuesta que en otro contexto hubiera sonado un poco loca, pero que todos aceptamos de inmediato.
Fue la primera vez que terminé un encuentro a oscuras.

Nos despedimos hasta la semana siguiente, junté mis cosas, dejé la sala y ya estaba por cruzar la puerta de salida cuando me detuvo el portero: Casi se quedan encerrados hasta mañana- dijo- Como con el tema del apagón se suspendieron todos los demás cursos… ¿Se quedaron a oscuras?

Ya estaba dejando el edificio cuando se me acercó uno de los gerentes que se había quedado esperando para hacerme una pregunta en privado: si lo del apagón había sido planeado por mí como una dinámica del seminario. Me sorprendió completamente que me lo dijera, y tuve que confesarle que de alguna manera sí: mi plan había sido que todo, hasta lo inesperado, sumara a los objetivos del seminario.

Sus palabras me hicieron tomar conciencia de que esa noche habíamos danzado tan armoniosamente con lo imprevisto que se había convertido en la mujer más linda. Esa dama llamada oportunidad.

Tu Minuto de Coaching
Cuando suceda algún imprevisto que altere tus planes, te propongo que dediques un minuto a hacer una respiración profunda y preguntarte ¿Qué oportunidad podría ser esto para mi propósito original?, para que en lugar de reaccionar puedas elegir una respuesta que construya.

Guillermo Echevarría
*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B

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¿De qué lado se sube a un caballo? – Tu Minuto de Coaching

julio 9, 2009

¿De qué lado se sube a un caballo? –me preguntó uno de los domadores.
Yo sentí que esa pregunta era un desafío porque me la hacía en medio de un fogón, rodeado de otros paisanos que parecían querer divertirse con este chico de la ciudad al que le gustaba andar por el campo.

Del lado izquierdo- contesté, dando la respuesta correcta para ellos – y acorde con la tradición. Pasé su examen, pero no pude pasar el mío cuando mi cabeza me preguntó: ¿y por qué se sube del lado izquierdo? Entonces, decidí preguntárselo a un amigo mío, hijo del domador del pueblo.
Es así- me dijo. Se quedó pensativo y agregó: Quizá se deba a que el caballo es más manso de ese lado…
Preguntémosle a tu padre- propuse.

Siempre se hizo así. Los caballos se suben por la izquierda- dijo casi a la defensiva el domador y espetó: ¿Qué quieren inventar? Hace veinte años que amanso caballos y el caballo sigue siendo el mismo. Y de todos modos… ¿qué cambia saber eso? –y prácticamente nos echó diciendo que no tenía tiempo para esa clase de conversaciones.

Tampoco me sentí completo con esa respuesta y otras similares que recibí. A primera vista daba la impresión de que todos sabían del tema, pero en definitiva sólo repetían lo que por años habían escuchado decir a otros. Parecía como si no pudieran decir simplemente no sé. Me llenaban de rápidas respuestas y evasivas, pero ninguno se animaba a hacerse mi incómoda pregunta –quizá por no arriesgarse a caminar en la incertidumbre que puede generar no tener una respuesta inmediata; esa incertidumbre que nos acompaña cuando nos atrevemos a dejar el camino conocido, y que suele preceder los nuevos descubrimientos.

Me negué a matar mi pregunta -y mi curiosidad- con alguna de esas respuestas históricas y seguí investigando.
Algunos años después, una tarde de verano – Don Jorge, mi maestro de doma en ese momento, me explicó que un caballo no se subía del lado izquierdo porque así debía ser, sino que tenía que ver con los usos y costumbres de los militares que colgaban el sable en la cintura -del lado izquierdo del cuerpo- para poder desenvainarlo más fácilmente con la mano derecha. Les resultaba mucho más cómodo montar el caballo por la izquierda ya que esto les permitía revolear la pierna derecha sobre el lomo sin que el sable les molestara.
Por fin comprendí por qué los humanos subíamos de ese bendito lado, pero ahora me faltaba entender por qué los caballos eran reacios a dejarse montar por el costado derecho.
Continué preguntando. Así llegué a saber que los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro del caballo no están conectados entre sí y a esta particularidad se debe que cuando un caballo ha sido entrenado para ser subido por el lado izquierdo, dé patadas, se muestre receloso o no se deje montar por el derecho. Es que lo que el caballo aprende de un lado no lo aprende del otro. Increíble, ¿no?

Estos aprendizajes cambiaron mi manera de mirar los caballos que entrenaba. Ahora veía dos animales en cada caballo. El izquierdo y el derecho. Entonces, si le enseñaba a levantar la mano izquierda durante media hora, luego tenía que dedicar otra media a enseñarle lo mismo del lado derecho.
Comencé a entender que los caballos no tenían un lado izquierdo bueno y otro derecho, oscuro y malvado. Que no eran arbitrariamente mansos y simpáticos con el que se acercara por la izquierda y recelosos o con pésimo carácter por la derecha. Entonces , dejé de pretender que supieran hacer algo de un lado si sólo se los había enseñado del otro y se me ocurrió amansar a los nuevos potrillos de manera que pudieran ser montados por ambos lados.

Básicamente, al comprender mejor su mundo y el por qué de muchísimas de sus reacciones descubrí que podía lograr un animal mucho más dócil y manso. ¡Pensar que durante años yo había tomado la creencia se monta por la izquierda como una verdad irrefutable!
Con el entusiasmo de haber encontrado algo revelador y que funcionaba en la práctica, decidí compartir estos secretos con otros domadores.

Grande fue mi asombro al comprobar que ninguno de ellos era capaz de considerarlos, ni tan sólo, para probar si funcionaban. Daba la sensación de que preferían quedarse en la comodidad de lo que conocían, perdiéndose de descubrir otro caballo y una manera más completa de amansar.

Estas son algunas de las respuestas con las que me encontré:
-¿Qué sabe ese Don Jorge? ¿A mi me va a decir lo que es un caballo? (y menos todavía iba a permitir que un aprendiz como yo le enseñara algo).
-No puede ser –decían otros- ¿De dónde sacaste esas ideas?
Uno remató diciendo: Yo conozco a muchos domadores de caballos y nunca mencionaron algo parecido.

Sin embargo no todos fueron oídos sordos. Solía pasar por el campo vendiendo ollas y otras piezas de cobre, un hombre al que en la zona llamaban el gitano.
A veces, bajaba de su caballo, desplegaba toda la mercadería sobre un pañuelo gigante y se ponía a conversar. Habíamos trabado una cierta amistad y decidí contarle el secreto. Me acuerdo que me escuchó con atención y se fue pensativo. Tiempo después volvió para mostrarme como había convertido aquel secreto en lo que el llamaba su alarma antirrobo. A fin de evitar que le quitaran el caballo cuando lo dejaba atado para entrar a un comercio en el pueblo, lo había re-entrenado acariciándolo y amansándolo para que se dejara motar por el lado derecho, mientras que por el lado izquierdo solía asustarlo y hacerle todo tipo de ruidos molestos con las cacerolas. Así, cuando alguien intentaba llevarse el animal acercándose por el lado supuestamente correcto, el caballo –atemorizado- se defendía pateando y mordiendo.

Tu Minuto de Coaching

Cada vez que quieras descubrir nuevos caminos y lograr resultados extraordinarios en un área de tu vida, te invito a que te detengas un momento y antes de empezar a hacer las cosas de la forma en la que siempre las haz hecho, dedica un minuto a desafiar la manera correcta de hacerlo preguntándote: ¿Quién dijo que tiene que ser o hacerse sólo de esta manera?
Las personas que llegaron antes que nosotros y nosotros mismos hasta el día de hoy, seguramente hemos hecho las cosas lo mejor que pudimos, pero no necesariamente lo mejor posible. De hecho, las generaciones futuras van a disfrutar de los aportes que nosotros seamos capaces de hacer a partir de desafiar y enriquecer las miradas tradicionales que ya no sean funcionales. La insolencia, de la mano del respeto por el otro, es la madre de muchos descubrimientos y nos invita a recorrer nuestro propio sendero de investigación y aprendizaje. El Coaching Ontológico promueve el ejercicio de una sana insolencia hacia las reglas del “sentido común” que viven dentro de nosotros mismos quedado aún cuando puedan haber quedado obsoletas.

Guillermo Echevarría
*Este artículo forma parte mi libro [Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen] – Ediciones B
*Tu Minuto de Coaching es una marca registrada.

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